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EL CUMPLEAÑOS DEL CORONEL.

EL CUMPLEAÑOS DEL CORONEL. Era el año de 1982 y llovía a cántaros sobre Morazán. El cielo era siempre gris sobre el suelo fangoso. Un grupo de doscientos soldados estaba cercando en el poblado de San Fernando. Mientras tanto, dos batallones estaban entrampados desde hacía tres días en las estribaciones de los cerros Pericón y Gigante que rodean Perquín. El mando guerrillero sabía que la situación no se podía sostener por mucho tiempo más. La presión de los batallones de reacción inmediata, apoyados por fuego aéreo y de artillería era bárbara. Pero cada minuto que pasaba sin que ellos rompieran las líneas, podía terminar en un desastre para los soldados que estaban cercados en San Fernando. Fue entonces cuando el coronel Francisco Adolfo Castillo, subsecretario de Defensa, tomó una decisión temeraria: Hacer una visita de campaña a la sitiada guarnición de San Fernando e infundir ánimo a la tropa. Cuando el coronel Castillo y otros militares sobrevolaban el teatro de operaciones, una lluvia de balas impactó el helicóptero. La nave cayó a tierra. El coronel Beltrán Luna murió. Castillo sobrevivió. Horas después fue capturado por una patrulla guerrillera. En cuestión de minutos la vida le cambió completamente. Ya no estaba en su oficina de alto jefe militar. Ya no podía ir a su casa para una breve tregua. Ya no había nadie bajo su mando. Ahora era prisionero de una fuerza irregular. "Me van a 'descharralar' el pene estos salvajes", pensó afligido el coronel. Un grupo de combatientes lo vigilaba las 24 horas del día. Un jefe intermedio, convencido de la misma propaganda guerrillera, comentó: "Ese señor debe ser la esencia del fascismo". Pero ni los guerrilleros eran unos salvajes ni el coronel tenía absolutamente nada qué ver con el fascismo. El día que el coronel cumplió años, Maravilla y yo fuimos a entrevistarlo. Era una mañana soleada de finales de invierno. Conseguimos una laja de dulce de panela para llevársela como regalo. Yo no había visto nunca al coronel. Maravilla ya lo conocía. Lo había filmado y entrevistado pocos días después de su captura. En los frentes no había nunca azúcar ni caramelos. De manera que el dulce de panela que se fabricaba en los trapiches guerrilleros era un manjar de los dioses. Cuando llegamos a la casa semidestruida que servía de prisión y luego de que los combatientes nos dejaran pasar, el coronel Castillo nos recibió con una sonrisa bonachona. "Hola, Maravilla, ¿qué te habías hecho?". "Pues aquí visitándolo, en el día de su cumpleaños. Tenga. Le traemos este regalo de cumpleaños". " Hombre, gracias por acordarse de mí". El coronel partió la laja de dulce en tres pedazos. Platicamos durante más de una hora mientras disfrutábamos el dulce. Luego comenzamos la entrevista. "Bueno, envío un saludo a mis compañeros y a toda mi familia desde este lugar al pie de este cerrito…" Maravilla apagó la grabadora. "Sin ubicaciones, coronel". Castillo sonrió y dijo, "no se te va chancha con mazorca". Las respuestas del coronel eran neutras y disimulando toda la emoción posible. No demostraba ni angustia ni enojo ni miedo ni nada. Era un militar profesional. Pero cuando le insistimos en enviar un mensaje para la familia, la cosa cambió. Miró hacia el cielo azul intenso a través de un follaje inmensamente verde. Guardó silencio un rato y dijo: "A mi hija le pido que este día toque en el piano, la canción que tanto me gusta". Los ojos se le humedecieron y una lágrima rodó por su mejilla. Yo me acordé de mi pequeña hija, a la que quería con toda el alma. Maravilla se acordó de la suya. Los tres guardamos silencio. La entrevista terminó. Con la grabadora apagada, seguimos con la plática. Eramos un trío raro: En pleno monte charlábamos animadamente dos aventureros flacos metidos a rebeldes y un coronel de la Fuerza Armada de El Salvador. Castillo tenía el don de la conversación. Dicharachero, ingenioso y carismático. Saludaba por su nombre a todo los guerrilleros que pasaban por el camino real junto a la casa. "Adiós, Adonay..., cuándo me vas a traer el bolado..". Durante el tiempo que estuvo como prisionero de guerra sufría lo indecible por la nostalgia familiar, por su condición de prisionero, por esa vida llena de privaciones. Pero su comportamiento fue siempre digno y admirable. Fue por fin liberado en un canje de prisioneros de guerra. Se fue del frente y nunca más supe nada de él. Hoy en la paz, cada vez que celebro el cumpleaños de mis hijas, no puedo evitar recordar aquel cumpleaños con el coronel. De todo corazón espero que una vez con su familia haya disfrutado y siga disfrutando de aquella melodía que aquella lejana mañana de 1982, nos puso melancólicos a los tres. Esta y otras historias las puedes encontrar en mi libro Noviembre Sangriento.