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EL NIÑO MÁS FAMOSO DEL MUNDO

Un niño de seis años preguntó a sus mayores si el dibujo que había puesto ante sus ojos les daba miedo. La respuesta fue no. Ninguno creyó posible temer a un sombrero. Y claro, todos veían uno donde el pequeño trazó una boa que se había tragado entero un elefante. Un segundo dibujo, más explícito, más claro, también fue inútil. ¿Qué hace que los adultos no comprendan algo tan simple como un dibujo? ---debió quejarse el chico antes de dejar por completo la carrera de pintor. En realidad, las serpientes con elefantes en el menú no serían sus primeros y últimos dibujos. Hubo otro, años después, y fue el más increíble. Lo digo por lo siguiente: no todos los días tu avión se estrella en el desierto del Sahara. Y de paso, sobrevives. El remoto niño se había accidentado. Era aviador. Con poca agua, solo, en medio de la nada, con la esperanza de reparar el motor de su avión lo antes posible al hacerse el día, en el frío de la primera noche, la voz de un niño lo despertó de golpe: “¡Por favor... dibújame un cordero!”. ¿Reconocen la historia? Considerada una joya de la literatura mundial, El Principito fue publicado en 1943, libro del novelista francés Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944), esposo de la salvadoreña Consuelo Suncín (1901-1979). Con cientos de ediciones en todos los idiomas, es una referencia obligada sobre la reflexión de crecer en un mundo moderno y conservar la capacidad de asombro de un niño, donde no importa la edad, solo interesa sentir nuestro entorno con la simpleza del corazón. Por eso, este mes octubre, con la mención al libro de Saint-Exupéry, celebramos el Día Universal del Niño. En fin, lo que nos debe quedar de la historia de El Principito, tal vez lo que el autor deseaba, es darnos la certeza que dentro de nosotros habita el niño más famoso del mundo: es quien fuimos, quien debemos recuperar. Dejemos que nos pida dibujarle un cordero.